Un viaje en barco

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Déjame que te invite a un viaje. Una salida en barco, en el lugar que tú elijas. El barco será grande, con lo que podrás invitar a las personas que quieras (imagina que puedes hacerlo, que todo está bien). El día de la salida no puede ser mejor: hace sol, pero con la temperatura justa como para no asarse. Hay nubes, pero no como para que llueva. En definitiva, va a ser una salida estupenda.

Comienza la salida y todo va sobre ruedas: el barco se mueve con tranquilidad y no hace falta demasiada maniobra. Además, en un acto de previsión (por si no sabes manejar un barco) un capitán de yate va con vosotros para que no haya problemas.

Disfruta de las vistas. De la compañía. Quizá habéis llevado algo para picar y estáis viviendo un día maravilloso. Hasta que el barco se para. Completamente. No sabes que pasa. De hecho, en un primer momento piensas que el capitán ha parado para que podáis disfrutar del momento. Pero, cuando lo miras, ves que su cara está seria, preocupada. Nada que ver con el que hasta hace un rato os animaba a que disfrutarais del día.

Preguntas que pasa y te responde que no hay combustible suficiente para emprender el viaje. Que tú, como artífice del mismo, deberías haberlo previsto y que él no se ha dado cuenta, con la juerga, de que iba agotándose.

Ahora toca llamar a que vengan a por vosotros. Un par de horas, dicen. Preguntan si tenéis alguna emergencia de salud y respondéis que no. En ciento veinte minutos, aproximadamente, estarán allí.

Estás maldiciéndote por no haberte acordado de mirar el nivel de combustible, cuando ves una sombra tras de ti tirándose al agua. Es el capitán. Al parecer se ha puesto el bañador y se ha tirado al agua. “¿Qué está haciendo?”, preguntas con asombro. “Mira, tenemos dos horas para bañarnos y disfrutar de las vistas. He echado el ancla, así que no nos moveremos. Antes que estar ahí lamentándome, prefiero aprovechar el momento”.

Lo que depende y no de nosotros.

Vale, ya sé que estarás diciendo que la historia es un poco rocambolesca, pero la presenté para captar tu atención. Sé que pensarás que el capitán estaría un poco loco si hiciera eso, pero en realidad no lo está tanto como cabría esperar. A fin de cuentas, ¿depende ya de él que vengan antes a rescatarlos? Ya ha hecho lo que estaba en su mano para enmendar el error de no haber echado el combustible y haber quedado a la deriva.

Esta división de la realidad es la que presentaban los estoicos y que, aún hoy, puede servirnos para muchas situaciones de la vida ordinaria. De hecho, Epícteto en Disertaciones, nos da una metáfora parecida a la que yo he expuesto anteriormente:

Debemos hacer lo mejor con las cosas que están en nuestro poder y tomar el resto como las presenta la naturaleza.

Hay cosas que dependen de nosotros y cosas que no. Esta frase que acabo de escribir es la que deja al estoicismo, siempre de lado cuando la gente quiere profundizar en él. Se piensa que los estoicos son personas que pasan olímpicamente de todo.

De hecho si te dijera, como en anteriores post, que te dejes influir por la filosofía estoica para estudiar tus oposiciones y luego argumentara que, en realidad, el hecho de que saques la plaza no depende de ti, me dirías que entonces para qué estudiar. Es un punto interesante. Pero erróneo. Estudias para hacer lo mejor que puedas en torno a esto. De hecho, lo que hay que desear es hacer la preparación lo mejor posible y disfrutar de ella. No la plaza.

¿Difícil? Bueno, déjame que te invite a imaginar de nuevo: llevas varios meses, quizá años, preparándote para La gran cita. Hace tiempo que no salen plazas de lo tuyo, pero estás preparado y no hay nadie que pueda evitar que te presentes con buenas opciones y te lleves la plaza. Como no haya una pandemia global que cancele las oposiciones…

Me imagino que ya sabes por donde voy (a menos que en los últimos tres meses hayas estado en una cueva). No todo depende de nosotros. Por eso es bueno reflexionar sobre lo que debemos o no debemos desear. Puedes desear la plaza, y que ello te ayude a estudiar. Pero si luego no la logras, sufrirás demasiado. Pero puedes desear disfrutar del momento de estudiarla, de hacer las cosas lo mejor posible, preparar los mejores materiales posibles, hacer los mejores temas de los que seas capaz… pero ahí quedará tu nivel de influencia.

¿Qué puedes hacer ahora?

El otro día participé en una mesa redonda con los amigos de Escuela de la Memoria y otros profesores. En determinado momento, se habló del hecho de que las oposiciones en todos los municipios y de todas las especialidades, han sido canceladas o atrasadas como consecuencia de la pandemia que estamos viviendo. “¿Qué se puede hacer entonces?”, preguntaron. Bueno, es evidente que lo mismo que hasta ahora: lo que depende de nosotros. Es posible que tu casa ahora esté llena de gente o que fueras de las personas que preferían estudiar en la biblioteca. Bien, pues entonces desea hacer lo que puedas y esté en tu mano: prepara otro material, haz temario nuevo, “afila el hacha”.

O quizá no te apetece hacer nada de esto. Entonces decide dedicar tiempo a los tuyos, aunque sea a través de las videollamadas. Hoy no se va a repetir nunca. En tu mano está dedicarlo a hacer la mejor versión que esté en tu mano de ti mismo.

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